¿Quién es el peregrino protagonista de las Soledades y qué lo impulsa a emprender su viaje?
Las Soledades de Luis de Góngora, escritas hacia 1613-1614 y nunca terminadas en su totalidad —solo se conservan la Soledad primera completa y la Soledad segunda incompleta—, giran en torno a un personaje que podría llamarse el peregrino de amor. No tiene nombre propio, lo que no es un descuido sino una elección deliberada: su anonimato lo convierte en figura universal del ser humano desterrado de la felicidad.
Un náufrago como punto de partida
La obra arranca con el peregrino a la deriva en el mar, subido a los restos de un naufragio. Ese naufragio no es solo un accidente físico: desde los primeros versos, Góngora lo presenta como la consecuencia directa de una herida amorosa. El joven ha sido rechazado por una dama —de rango noble, se infiere del texto— y su desengaño lo ha arrojado al mundo igual que el mar arroja los escombros de un barco a la orilla. La tormenta exterior refleja la tormenta interior; el procedimiento es típico del Barroco, que gusta de hacer coincidir el paisaje con el estado emocional del personaje.
El motor del viaje: el desengaño amoroso
Lo que impulsa al peregrino no es la curiosidad ni la aventura, sino la huida de un dolor. En la tradición de la poesía petrarquista —que Góngora conocía a fondo—, el amante desdeñado busca la soledad como refugio frente a la crueldad de la amada ingrata. Pero Góngora transforma ese tópico: su peregrino no se encierra en lamentos, sino que, al entrar en contacto con pastores, aldeanos, pescadores y labradores, descubre formas de vida alejadas de la ambición cortesana. El campo, el mar y sus gentes sencillas se convierten en un espejo que cuestiona los valores del mundo que él ha dejado atrás.
Un protagonista contemplativo, no activo
Conviene subrayar algo que sorprende a muchos lectores: el peregrino casi no actúa. No es un héroe épico que supera pruebas ni un pícaro que se abre camino a codazos. Su función es mirar y escuchar. A través de sus ojos, el poema despliega descripciones de una riqueza sensorial extraordinaria —luces, colores, sonidos, olores— y a través de sus oídos recibe los discursos que otros personajes pronuncian sobre la vida, el tiempo y la fortuna. El peregrino es, en cierta medida, un pretexto para que Góngora construya ese monumento de lenguaje que es las Soledades.
El significado del anonimato
Que el protagonista carezca de nombre conecta las Soledades con una larga tradición alegórica, pero también tiene una dimensión más inmediata: cualquier lector puede proyectarse en él. Su desengaño amoroso es el desengaño de toda una época que, en el Barroco español, había aprendido a desconfiar de las promesas del mundo. El viaje del peregrino es, en último término, una meditación sobre la fugacidad de los bienes terrenos —el amor, la riqueza, el poder— frente a la permanencia de la naturaleza.
Itinerario y estructura
En la Soledad primera, el peregrino abandona el mar y penetra en un entorno serrano donde asiste a una boda campesina. En la Soledad segunda, incompleta, su camino discurre por paisajes de ribera y costa, entre pescadores. Góngora tenía previstas otras dos soledades —la del yermo y la del retiro—, pero nunca las escribió, o no se han conservado. Esta estructura fragmentaria refuerza la sensación de un viaje sin destino fijo: el peregrino no busca llegar a ningún lugar concreto, sino alejarse de donde estaba.
