La crítica social y los distintos estamentos
La crítica social no es un adorno lateral del Quijote (1605-1615): es uno de sus nervios centrales. Cervantes construye la novela como un viaje por la geografía humana de su tiempo, y cada encuentro del hidalgo manchego —don Alonso Quijano, que ha perdido el juicio de tanto leer libros de caballerías y se proclama caballero andante— con distintos grupos sociales sirve para mostrar las grietas de un orden que se presentaba como natural e inamovible.
La nobleza ociosa y el juego del poder
El episodio de los duques (Segunda Parte, capítulos 30-57 y siguientes) concentra la crítica más afilada a la aristocracia. El duque y la duquesa reciben a don Quijote en su palacio y organizan una larga serie de burlas que los entretienen a expensas de la dignidad del caballero y de Sancho. Cervantes presenta a estos nobles con tiempo, recursos y poder infinitos, pero dedicados únicamente al ocio y al engaño: son ellos quienes mienten, manipulan y humillan, mientras que el «loco» don Quijote mantiene, dentro de su delirio, un código ético más coherente que el de sus anfitriones. El narrador describe las bromas de los duques con una ironía sostenida que invita al lector a preguntarse quién es verdaderamente el necio. La nobleza queda retratada como clase parasitaria que confunde el entretenimiento con la crueldad.
El clero: autoridad sin caridad
El eclesiástico que convive con los duques en ese mismo bloque de capítulos encarna la arrogancia de un clero que usa su autoridad para cerrar debates, no para abrir conciencias. Cuando reprende a don Quijote con brusquedad y trata a Sancho con desprecio, el personaje no muestra ningún rasgo de la caridad que predica su posición. Cervantes no ataca la fe, sino la soberbia de quienes la administran como privilegio de clase.
Sancho Panza y el pueblo llano
Frente a esos estamentos superiores, Sancho Panza —labrador humilde, escudero por ambición y lealtad a partes iguales— representa al pueblo llano con sus virtudes y sus limitaciones. Su gobierno de la ínsula Barataria (Segunda Parte, capítulos 45-53) es uno de los pasajes más complejos de la novela: Sancho, sin formación ni linaje, dicta sentencias de una equidad y un sentido común que superan a los de muchos letrados. La sátira se vuelve aquí propuesta: el buen gobierno no depende del nacimiento, sino del juicio y de la honradez. Es una afirmación radical para la España de los estatutos de limpieza de sangre y de una nobleza hereditaria que no necesitaba acreditar mérito alguno.
Pícaros, mercaderes y marginados
La novela también da voz a personajes que habitualmente no la tenían: los galeotes del capítulo 22 de la Primera Parte son condenados que marchan encadenados, y don Quijote, aplicando de forma literal su código caballeresco, los libera porque considera que nadie debería ser forzado. El episodio es paródico, porque los galeotes agreden a su liberador en cuanto quedan sueltos, pero la ironía no cancela la pregunta que Cervantes deja flotando: ¿qué justicia es la que encadena hombres y los conduce como animales?
La locura como licencia crítica
El mecanismo que hace posible toda esta crítica es la locura de don Quijote. Un personaje cuerdo que defendiese a los galeotes o que pusiese en ridículo a los duques sería un disidente peligroso; un loco que lo hace queda dentro de los límites tolerables del humor. Cervantes utiliza esa distancia para decir lo que de otro modo resultaría censurado. El Quijote es, en ese sentido, una obra que usa la risa como forma de verdad: cada carcajada invita a mirar con más atención el mundo que la provoca.
