¿Cómo usa Cervantes el narrador Cide Hamete Benengeli en el Quijote y qué efecto produce?
Desde los primeros capítulos de la Primera Parte del Quijote (1605), Cervantes siembra dudas sobre el origen de la historia que estamos leyendo. El narrador inicial reconoce que las fuentes sobre don Alonso Quijano —el hidalgo manchego que enloquece leyendo libros de caballerías y decide convertirse en caballero andante— se contradicen o resultan incompletas. Esta incertidumbre se resuelve de forma aparentemente providencial: en el capítulo noveno de la Primera Parte, el narrador encuentra en Toledo un manuscrito en árabe y encarga su traducción a un morisco. El autor de ese manuscrito es, según se nos dice, Cide Hamete Benengeli, presentado como «historiador arábigo» de la vida y hazañas de don Quijote.
Un narrador dentro del narrador
Lo que Cervantes construye con este hallazgo es una cadena narrativa de varios eslabones: existe un autor árabe original (Cide Hamete), un traductor morisco anónimo, y el narrador que presenta todo el conjunto al lector. Ninguno de ellos es, claro está, el propio Cervantes, que queda así desdoblado y protegido detrás de esas figuras interpuestas. Esta técnica se conoce como narrador enmarcado o narración en abismo, y el Quijote es uno de sus ejemplos más sofisticados en la literatura occidental.
La ironía de confiar en una fuente árabe
La elección de un historiador árabe no es inocente. En el contexto cultural del siglo XVII, atribuir la veracidad de una crónica a un autor árabe resultaba paradójico, pues existía el tópico, ampliamente difundido, de que los árabes eran propensos a la mentira y la exageración. Cervantes explota esa contradicción con deliberada ironía: el propio narrador advierte en algún momento que Cide Hamete podría haber omitido o alterado pasajes. Al poner en duda la fiabilidad de su propia fuente, Cervantes nos recuerda que toda narración es una construcción, una versión entre otras posibles.
Una voz que comenta y opina
En la Segunda Parte (1615), la presencia de Cide Hamete se hace más activa: el narrador le atribuye directamente reflexiones, exclamaciones y comentarios sobre los personajes y los hechos narrados. En varias ocasiones se refiere a él de forma encomiástica, casi como si fuera un personaje más de la obra. Este procedimiento otorga a la narración una dimensión metaficcional —es decir, la obra habla de sí misma y de su propio proceso de creación— que anticipa técnicas narrativas que la novela moderna no consolidará hasta el siglo XX.
El efecto sobre el lector
La cadena narrador árabe / traductor morisco / presentador español obliga al lector a preguntarse en todo momento qué es verdad y qué es invención dentro de la historia. Esa pregunta no es accidental: don Quijote confunde también, a su modo, la realidad con los libros que ha leído. La estructura narrativa y la historia del protagonista se reflejan mutuamente. El lector que desconfía de Cide Hamete repite, en cierto modo, el mismo gesto de quienes en la novela intentan distinguir la cordura de la locura de don Quijote.
Un recurso con raíces literarias
Cervantes no inventó desde cero la figura del autor ficticio: los libros de caballerías que parodia el Quijote recurrían con frecuencia a supuestos manuscritos antiguos para dar verosimilitud a sus aventuras. Cervantes toma ese convención y la transforma en materia de reflexión literaria: en lugar de usar el truco para hacer más creíble la historia, lo emplea para subrayar precisamente lo contrario, la artificiosidad de toda ficción. Así, Cide Hamete Benengeli es al mismo tiempo una parodia de las fuentes caballerescas y el símbolo de la conciencia que el Quijote tiene de ser una obra literaria.
